Fernando Sauce | bio - Fernando Sauce
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bio

FernandoNací en Madrid en 1963. Mi madre decía que vine al mundo con un ojo abierto, justo el que uso para verlo a través de la cámara. Nací en una familia de artistas: mi abuelo fue ebanista; mis tíos y tías pintaban o esculpían o bailaban; mi padre era delineante de profesión y un acuarelista de renombre. Este ambiente me presionaba a descubrir mi faceta artística que, por supuesto, debía existir en mi interior, algo así como los “superpoderes” heredados de los super-héroes de las películas. Pero esa faceta no aparecía, y eso que lo intentaba, sobre todo pintando, como mi padre. Tenía el listón muy alto y esto me frustró muchas veces, hasta que descubrí la fotografía.

Con catorce años, fui el alumno más joven del Photocentro de Madrid, prestigiosa escuela fundada por Carlos Serrano, Pablo Pérez-Mínguez, Luis Garrido, Fernando Gil y Pedro Díez Perpignan. Fui discípulo de Guillermo Gay, Ramón Mourelle y Antonio Casado. Allí pude ver por primera vez una exposición de Ansel Adams. Y también fue en su minúscula tienda de Establecimientos Aquí, donde compré mi primera cámara profesional: la entonces innovadora Canon AE1. Por aquel entonces, vivía en una casa grande y pude convertir una de sus habitaciones en laboratorio, sorprendido con la magia de  las imágenes en el revelador, envuelto en una luz roja. Escribiendo estas líneas recuerdo que ya entonces me encantaba enseñar a revelar fotos a mis amigos (y amigas). Esta vocación también comenzó temprano en mi vida, al igual que la música. Mis tres grandes pasiones son la fotografía, la enseñanza y la guitarra.

De adolescente no era muy sociable: prefería colgarme la cámara al hombro izquierdo y andar, andar, andar para introducir en la cámara las miradas que luego mostraría. Tanto anduve -y ando aún- con el equipo al hombro, que ahora tengo en él una pequeña hendidura, un hueco en el que se engancha la correa e impide que se caiga, como ocurre si lo cuelgo en el hombro derecho. Alguna incrédula ha querido descubrirlo con sus propias manos, como Santo Tomás…

Pronto descubrí que captar buenas imágenes no era fácil, ni cómodo. Había que ser paciente y tenaz. Esperaba lo que hiciera falta para que mis fotos apareciesen desiertas, sin ningún humano que estorbase. Ahora, curiosamente, mi especialidad es el retrato.  Como en aquellos años, hasta mis veintitantos, iba con el equipo a todas partes, un día ocurrió algo frecuente en aquellos agitados 80: se llevaron mi Canon con su colección de objetivos. Tenía que seguir trabajando, así que adopté la Nikon  de mi padre, con un pésimo objetivo Tokina, de los que abarcaban desde el gran angular al tele largo, todo en uno, sin apenas luminosidad. Pero era lo que había y gracias a ese incidente comprendí la mítica de las Nikon.

En 1983 comencé  a disparar por encargo, como los gánster de mis películas favoritas en blanco y negro. Fui fotógrafo de la madrileña Sala Pachá, en donde tiraba sin apenas luz y con un flash Metz 45 CT1. !Qué tiempos! Aprendí a trabajar sin espacio, a corta distancia, casi a codazos. Aprendí a confiar en mis conocimientos y comprobaba que las fotos estaban bien, dias más tarde de haberlas tomado. Ahora es rápido comprobar una toma, hasta da tiempo a repetirla sobre la marcha; pero entonces tirábamos en película diapositiva -Kodak Ektachrome 400 asa forzada a 800-, por lo que no había margen de error, apenas un diafragma arriba o abajo. Pachá me sirvio para saber trabajar en equipo:  con otro fotógrafo,  entendiéndonos con gestos y miradas entre la gente y la música ensordecedora; y, si estábamos lejos, en aquel mundo sin móviles ni WhatssApp, comunicándonos con disparos de flash. Asistimos a multitud de fiestas. Recuerdo por ejemplo, al piloto Ángel Nieto celebrando año tras año sus sucesivos campeonatos del mundo, hasta el 12 + 1. Recuerdo uno de los primeros conciertos de La Unión y cómo me las compuse para hacerme con dos LP; recuerdo la presentación en sociedad de la diseñadora Elena Benaroch y a muchas celebrities de la época. Y, cómo no, recuerdo los “margaritas” que mezclaba el coctelero de la barra de la entreplanta…

Pasar a reportero y convertirme en el informador gráfico más joven del semanario “El nuevo lunes”, fue fácil.  Fotografié para varios diarios y revistas de entonces, curtiéndome en batallas informativas. Empecé a codearme con los periodistas y compartir con ellos un texto para vestirle con la imagen adecuada. Ese trato me llevó a la Facultad de Ciencias de la Información,  en el campus de la Universidad Complutenese, buscando allí una luz más que iluminara mis conocimientos. Pero fue un viaje de ida y vuelta: allí no había mucho que aprender sobre fotografía. La facultad me sirvió sólo para dos cosas: para abadonarla al encontrar un anuncio de trabajo pegado en un tablón del hall y para que me abandonara una chica por segunda vez.

Aquella oferta de empleo en 1986 me convirtió en técnico de laboratorio de lo que entonces era una novedad de éxito: las fotos en 1 hora. Trabajé en el segundo minilaboratorio abierto en Madrid, en donde me encargaba de revelar los rollos de blanco y negro y sacar copias y ampliaciones. Luego, el reto de revelar copias en color en una ampliadora profesional. En los cuartos de revelado en color no había lámparas rojas, todo se hacía en una oscuridad sin paliativos. Mi “época oscura”, en todos los sentidos,  se inicio en este minilaboratorio, y luego en otro propio, donde pasé varios años revelando fotos para los demás. Allí adquirí la habilidad de calcular la exposición perfecta, la de controlar la luz con precisión, la de entender la fotografía como luz expuesta a material sensible. Allí fue donde aprendí a manejarla y modelarla a mi gusto. Por eso, cuando llegó la era digital, el Photoshop apenas tenía misterios para mi: disfrutaba de  una pantalla a la luz del día de las herramientas que antes usaba a oscuras, con los dedos oliendo a hiposulfito. Las pantallas de ordenador me permitíeron hacer años más tarde, en mi ‘ epoca luminosa’, y con más  precisión aún lo que hasta entonces me robó tanto esfuerzo y dioptrías.Nepal_100

Nunca dejé de fotografiar mientras trabajé en la oscuridad del laboratorio, porque necesitaba hacer fotos para mí mismo y perseguir mis propias imágenes. Sobre todo, hacía fotos en vacaciones. Así fomenté mi faceta de fotógrafo de viajes. En Nepal descubrí, por primera vez, la magia de las caras infantiles, que en mitad de un escenario paupérrimo se reían de un modo que nunca ví en los niños ricos. Entonces no imaginaba que con los nepalís y sus paisajes estaba empezando a agotar mis últimos carretes de KodaK. Era el año 1999.

Con el nuevo milenio llegó mi ‘época luminosa’. En 2001 me pasé al digital, y volví a salir a la luz del día, otra vez cámara al hombro, tras más de 15 años revelando copias para los demás, a oscuras, hasta que el digital borró a casi todos los laboratorios del mapa, incluído el mío propio… Otra vez, una bofetada económica como el robo de mi viejo equipo Canon, ponía las cosas en su sitio: volví a trabajar como fotógrafo profesional pero, esta vez, con muchas lecciones aprendidas y colgadas del hombre, junto al equipo, compartiendo hendidura. Durante la primera década de este siglo XXI me he dedicado a recuperar viejos contactos y encontar nuevos clientes. He vuelto a publicar en medios y revistas nacionales. Y, desde hace unos seis años, los mismos que llevamos de  crisis mundial,  dirijo una pequeña agencia –Informagen– que, llevando la contraria a todo pronóstico económico de estos turbulentos años, se ha mantenido a flote.

Y aquí sigo, a los 50 años, sin dejar de aprender. Ahora enseño fotografía y devuelvo a la vida -a los jóvenes fotógrafos- todo lo que la vida me ha dado, como profesor de un Máster en el CES y, sobre todo, como el maestro que me gustaría ser de mis colaboradores en la agencia.

Fernando Sauce